Decidir qué no construir
Una empresa pequeña no se hunde por falta de ideas, se hunde por exceso. Estas son las preguntas que hacemos antes de abrir cualquier frente nuevo.

Con dos divisiones activas, el recurso escaso no es el dinero ni el tiempo: es la atención. Cada proyecto nuevo no cuesta lo que cuesta hacerlo, cuesta también la lentitud que introduce en todo lo demás.
El coste que nadie apunta
Abrir un frente añade contexto que hay que mantener en la cabeza: decisiones pendientes, código que envejece, conversaciones a medias. Ese coste no aparece en ninguna estimación y es el que acaba matando el ritmo.
Las preguntas antes de decir sí
- ¿Este proyecto hace más fuertes a QuarkCraft o a Clipora, o solo se suma al lado?
- ¿Podemos llegar a algo jugable o usable en semanas, no en trimestres?
- Si sale mal, ¿aprendemos algo que sirva para lo demás?
- ¿Quién lo abandona si hay que elegir? Si la respuesta no está clara, todavía no empieza.
Decir no a tiempo es la única forma de que los sí signifiquen algo.
Colaboraciones externas
Cuando trabajamos con proyectos de fuera aplicamos el mismo filtro, y a menudo la aportación más valiosa que hacemos no es diseñar ni programar: es señalar la mitad del alcance que se puede eliminar sin que el producto pierda nada.
Casi siempre esa conversación es incómoda al principio y es la que más agradecen al final.